Diez apuntes sobre ‘La puerta’

I. Novela-palimpsesto

Me gustaría pensar que La puerta es un libro que contiene muchos libros adentro. He querido ofrecer al lector una suerte de abanico para que sea él quien escoja su propia novela. Podrá leer, según su opción de lectura, una historia de amor (a una mujer y a una ciudad), un relato de iniciación, una reflexión sobre la pérdida, un homenaje a Jesús Lizano, un acercamiento a los principales símbolos de la masonería, una ruta por los bares modernistas de Barcelona, una lucha entre las divergentes teorías de conocimiento (racionalismo versus empirismo), un guiño a Cortázar y Breton, o simplemente un sitio donde escuchar jazz y recordar a la Nouvelle vague.

II. Cuaderno de notas

El narrador escribe un cuaderno de notas como los que utiliza Bryce Echenique en su díptico Cuadernos de navegación en un sillón Voltaire. Se trata de un ejercicio de memoria (por lo tanto, de construcción, de artificio literario) desde donde trabajar la autoficción. El protagonista se llama Albert Lladó para establecer un juego de acercamiento, verosimilitud, y más tarde de distancia, con el autor.

III. Hermenéutica intuitiva

El protagonista avanza des-velando símbolos y señales, descubrimiento conexiones, como parte de un proceso de búsqueda intuitiva, a partir de coincidencias, nunca como una investigación apriorística. La única brújula posible es la casualidad, fenómeno al que los surrealistas llamarían “azar objetivo”, y que Cortázar rebautizaría como “figuras”. El propio proceso de escritura está lleno de esos encuentros fortuitos (la editora se llama De “La Puerta” y en el bloque de pisos en el que transcurre la acción vivió -lo supimos después- un periodista que escribía en el mismo diario que yo y que se apellidaba igual).

IV. Arquetipo

Blanca, siguiendo arquetipos como La Maga o Nadja, es un genio inspirado e inspirador que funciona como puerta hacia lo maravilloso. El encuentro con la mujer es el auténtico puente que conecta con un mundo distinto al ordinario.

V. Lo periférico

La masonería no es presentada como un lugar secreto desde donde se conspira, sino una forma más que encuentra el protagonista para interpretar conceptos como libertad o igualdad a través del ritual, cuando el lenguaje, gastado, le es insuficiente. La noche también es, entonces, una mirada nueva a la ciudad, que se convierte en mapa y mito. Son maneras de luchar contra la acumulación de inercia, tipos de resistencia ante lo establecido, contra los dogmas, una apuesta por la heterodoxia como paradigma. Leeremos, así, que pasear diferente es pensar diferente.

VI. Literatura potencial

La puerta es un ejercicio de reescritura. La edición primitiva, publicada hace tres años, ha ido modificándose oración a oración como en un ejercicio de OuLiPo (Ouvroir de Littérature Potentielle). El experimento consiste en trabajar la idea extendida de que todo autor siempre está escribiendo el mismo libro. El argumento ya dibujado anteriormente será el escenario y el límite desde el cual, paradójicamente, se rastreen las brechas para la libertad creativa.

VII. Imágenes y premoniciones

Hemos incluido fotografías que ilustran un itinerario. Algunas, ayudan a documentar la atmósfera. Otras, por su situación aleatoria en el libro, funcionan como una especie de premonición. Imágenes que son analepsis o prolepsis. Se convierten, claro, en una parte más del relato.

VIII. Eterno retorno

La estructura es circular, y la primera y segunda parte repiten los nombres de los capítulos en un índice al que hemos llamado “ruleta”. Las referencias a Heráclito o Nietzsche van en este sentido. Deleuze y Guattari, en Mil Mesetas, diferencian dos tipos de tiempo. Por un lado, el Cronos, el tiempo considerado “normal”, el orden, que es mesurable con las medidas estables del reloj. Es el tiempo en el que vive el narrador cuando está escribiendo el cuaderno de notas. Por otro lado, tenemos el Aion, el tiempo que no se puede atrapar, que no es hoy ni mañana, que no tiene territorio, que huye (el pasado que el narrador intenta recrear con su escritura).

IX. Lo Bello y lo Trágico

Las palomas y las cigüeñas, así como otras alegorías más o menos evidentes, ponen en conflicto los opuestos, las apariencias y la confusión entre el territorio de la estética y de la ética.

X. Puertas abiertas

La muerte es una transmutación, un cambio de ciclo que nos devuelve al niño que hemos sido, y zarandea al protagonista, que deambula entre el nihilismo pasivo (agorafobia) y el nihilismo activo (creación).

{Texto escrito para el blog de Jordi Cervera, en Catalunya Ràdio}

Sobre la pintura de Rafel Bestard

'Primeras lluvias', de Rafel Bestard

La obra de Rafel Bestard no es una pintura cómoda, ni mucho menos decorativa. Allí hay urgencia, sensación de peligro, y la ironía se mezcla, irremediablemente, con lo perverso e inocente. El relato traspasa las cuatro paredes de la viñeta, y la superposición de estampas, como en un collage continuo, revela una colección de monstruos que conviven en una comedia no siempre humana. Si para Hobbes el hombre es un lobo para el hombre, para Bestard el lobo es un hombre para el lobo. El animal cohabita con la persona. Son unidad y dualidad.

A veces el artista nos enseñará el paisaje, la naturaleza abierta, el territorio místico del bosque, y en otras ocasiones la cebra, el mono o el conejo descansarán junto a la mujer desnuda en un espacio acotado (una habitación con papel de flores o un estudio neutro). No se trata tampoco de mitificar al salvaje que un día fuimos, como en Rousseau. A ratos le damos aire, a ratos lo intentamos controlar. Como no podía ser de otra manera, el tema de la libertad reclama protagonismo aquí, aunque sea de una forma más o menos velada.

El reto del pintor es “repoblar la realidad a través de la imaginación”, dos polos de una misma cosmovisión ya que lo real, lo representable, no es más que la poética surgida de la mixtura entre exterior e interior. La percepción es una tela en blanco impregnada de una proyección que el creador ha construido previamente y que, a su vez, nos convierte en espectadores activos.

Rafel Bestard usa elementos de la actualidad más reconocible. Y como en las piezas religiosas de Botero, en las que descubrimos relojes y cadenas de oro, las modelos del pintor mallorquín aparecen con todo tipo de pulseras de colores o tobilleras. Sea para representar a Psique o a Hera, o a una musa anónima que deambula indiferente al voyeurismo del artista.

La reinterpretación de la mitología clásica es también un artificio para conectar los puntos entre la herencia recibida (Hades nos recuerda a Van Gogh) y el presente desde el que nos enfrentamos el cuadro. Estar-en-el-mundo supone incorporar tótems que identifiquemos hoy, sin renunciar a una iconografía particular e intransferible. El tatuaje del cuerpo irrumpe en la pintura como una suerte de mise en abyme, y la obra, que podíamos suponer como un retrato, se reivindica como un cúmulo de perspectivas.

La belleza que desprende la pintura de Bestard es siempre turbadora. El erotismo radical comparte foco con los guiños humorísticos y en la mueca cotidiana vemos, al mismo tiempo, la fuerza del deseo y las frustraciones de una bestia frágil, sensible e incomunicada. Un pájaro muerto nos tapa la boca. Silencio. Estamos solos ante la pintura.

Una comedia no siempre humana: texto para el catálogo de Rafel Bestard. Paisaje interior. Galeria Contrast. Exposición del 16 de mayo al 27 de julio de 2013

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La Europa de Pepe Ribas

El piano del jardín

Albert LladóPeriodista cultural de LaVanguardia.com. Editor de Revista de Letras y Diari Maresme. Escribo en el suplemento Cultura/s. Mi último libro es 'La puerta'