Barcelona. (Redacción). – Una decena de artistas emergentes han sido seleccionados para exponer en la galería Setba, ubicada en la mítica Plaza Real de Barcelona, que convoca una colectiva que reúne pintura, fotografía, escultura e instalaciones multimedia.
‘Setba Joven’, que se celebra en el mismo espacio que fue el domicilio del pintor naïf José Ocaña y del cantautor Lluís Llach, es una exposición colectiva y multidisciplinar que tendrá lugar del 7 de septiembre al 31 de octubre. Según los organizadores, con esta muestra “se quiere dar voz a las jóvenes promesas que trabajan para hacerse un lugar en el panorama artístico de nuestro país”. Por ello, la galería cede su espacio a nueve artistas menores de 30 años, que tienen la oportunidad de presentar sus creaciones en una exposición colectiva abierta al público durante dos meses.
Se dice que Louis Armstrong cogía mal la trompeta. Se dice que una novela ha de tener un trabajo previo de documentación y planificación. Esquemas, borradores, garabatos de una estructura perfecta. Y se dice que el profesional, el que llega al cabo de los años a la estación llamada “éxito”, ha de calcular cada paso de su paseo hacia la fama.
Pero quien se haya enamorado alguna vez, del jazz o de un rostro irregular, sabe que la improvisación es mucho más funcional – sí, funcional – que cualquier taxonomía. Y, quien alguna vez haya cometido el suicidio de dedicarse a la edición – de libros, revistas o fanzines – ve la errata como una primera puñada, al centro del estómago, que después se convierte en la prueba indiscutible que la libertad de la escritura aún es posible.
La errata es una brecha, un descuido que muestra algo mucho más profundo, una ósmosis hacia el discurso literario que viaja entre párrafo y párrafo. Y es que una brecha, una errata, no es la separación entre dos mundos. Es la ventana a un tercero, que siempre espera que nos asomemos.
“Bildungsroman”, que se puede traducir como novela de formación o de aprendizaje, es uno de los términos técnicos más antiguos de la novelística, quizá porque prácticamente nació pegado a la novela. El vocablo se acunó en 1820, casi al cierre del Romanticismo como género, y aparece por primera vez en un texto crítico del filólogo Morgenstern para referirse a una novela de Goethe, Los años de aprendizaje de Wilhelm Meister, una novela de finales del XVIII, que aparece como un hermoso remache de las desventuras de Werther.
Y aparece tan pronto el término porque la novela como género contiene dentro el germen de la novela de aprendizaje, ya el Lazarillo de Tormes era un claro ejemplo de este subgénero que suele crear desarrollos muy atractivos; los personajes crecen y maduran en los ojos del lector, empatiza el que lee con ese protagonista que se ha convertido en un hombre en un centenar de páginas, sufre el lector con los peligros que le acechan, recuerda sus primeros amores en las aventuras románticas del joven héroe… La novela de aprendizaje ha sido un subgénero de éxito al que la novela debe buena parte de las mejores piezas de los últimos dos siglos como son El gran Meulness, Rojo y negro, Los miserables, Los niños terribles… Hesse, Proust, muchos han bebido de esta fuente inagotable de argumentos.
Aparece la novela de Albert Lladó como un estupendo exponente de esta herencia de varios siglos. Albert, protagonista-trasunto del autor, entra en la novela a través de una experiencia traumática y aborda su llegada a la gran ciudad, en este caso Barcelona, como una gran oportunidad para desembarazarse lastres personales que arrastra de su pueblo natal. La tragedia está al principio, se diría que marcando de esta manera a fuego el carácter algo huraño y melancólico del protagonista.
No hay música que describa mejor los diferentes tipos de tiempo que el jazz. Y no hay mejor relato que El Perseguidor de Julio Cortázar para comprender que el texto, si es capaz de impregnarse de ritmo, también se puede mover en distintos planos.
En un intento de prosa creativa, el bebop es la tensión rítmica que llena los espacios y altera la habitual percepción uniforme de las cosas. Es el acento, el flujo, la improvisación. Todo ello está entre las líneas del texto, en sus pausas, en los saltos narrativos. Por su lado, el off-beat es la distancia entre dos beats (unidades de tiempo pulsado), que los niega y crea todo tipo de variantes. Me alejo de la base (en jazz hablaríamos de standards), vuelvo a la base. Eso es el relato.
La mezcla de ambos, lo que hace posible que una prosa sea verosímil y poética a la vez, es el swing, porque el swing garantiza la pluralidad de ritmos. Se trata de la garantía que los planos fijos y las variaciones sean capaces de encajar. Cuando el milagro ocurre, tan sólo queda bailar. Y, entonces, se vive un agosto para no olvidar.