Sed
El velo que me has enseñado hoy, que cubría tu falda, como antesala de esas dos piernecitas suaves y afrodisíacas. La línea oscura que separa la izquierda de la derecha y que indica el camino que hoy veo tan lejano, y que presumo que un día tendré permiso para entrar y quedarme. Lograré el permiso de residencia, sí, porque es allí donde quiero vivir, donde quiero alimentarme y donde quiero convertirme, por fin, en lo que soy. Y es que soy lo que está allí.
La cortina del teatro de tu falda. Tienes razón, estoy aquí sentado, sin las alas que necesito y que la cobardía me corta cada día más. Tú, es cierto, con tus huracanes. Un día, te y me lo prometo, nos lo prometemos a los dos porque somos uno, esos huracanes serán encendidos por unas cerillas gigantes que iluminaran el centro de Barcelona.
La tela que intuyo más que veo, y que me da la sed que tengo desde que te huelo en todos sitios, sin saber el olor que tienes, que tenemos. Las ganas de escribir que me vuelven, para investigar todos tus rincones que has dejado abiertos sin que nadie se haya dado cuenta. Y sí, me encontraste, y enseguida vi el candado en los barrotes de acero que protegen tu puerta. Cómo puede ser que nadie se diera cuenta que el candado estaba abierto, con las llaves puestas. Cada vez que pienso en ello, tengo más sed. La sed de beberte hasta la última gota.
Licenciado en Filosofía, trabajo como periodista. “Podemos estar contentos” es mi primer libro de relatos.












