8. Resaca

Cuando te despiertas de una borrachera sí que te acuerdas de la noche anterior. Te acuerdas de demasiadas cosas. Me acordé de cómo hice el ridículo. Me acordé de cada centímetro de la sonrisa de Blanca. Y me acordé del blanco de su inocencia.

Salí al pasillo. Me dolía muchísimo la cabeza. No podría abrir los ojos. Llegué al baño. Me lavé la cara y me dirigí hacia el comedor. Allí estaba Mikel, con su albornoz de siempre. Fui de nuevo a mi habitación. Me volví a acostar. No me podía dormir. Mezclaba mis ganas de vomitar con flashes de mi conversación con Blanca, del recuerdo del último día que vi a mi padre y del primer día que llegué al piso. Todo había ido muy rápido.

Ya eran las cinco de la tarde y no había comido nada. En la habitación no tenía Internet y eso era lo único que, realmente, echaba de menos de mi vida en el pueblo de costa. La habitación era muy pequeña, pero no me daba cuenta porque mi vista se concentraba en los libros que tenía de Nietzsche. Leía sin parar. No quería hablar con nadie y, aunque Mikel llamó a la puerta varias veces para ver cómo estaba, no salí al comedor hasta la noche.

Salí y sólo vi a Sandra. Y aún me da vergüenza recordarlo. Sólo preguntarme qué me pasaba, me puse a llorar como un niño pequeño. Demasiada tensión. No tenía confianza con ella, pero parecía que era mi madre. Le expliqué lo de Blanca, lo de mis sueños con la imagen de mi padre medio muerto, lo de mis lecturas del bigotudo alemán.

Volvieron muchas resacas más. Fueron muchas noches en la ruta de bares modernistas del centro de Barcelona. El London Bar, Casa Almirall, Muy Buenas, La Confitería o El Marsella. Un cóctel del recuerdo de las vanguardias, de tertulias, de mosaicos, de hierro y cristal.

De todas las resacas me levantaba igual. Pena, pudor, sensación de haber perdido la partida antes de haberla comenzado. Sólo había una posibilidad, algo por lo que levantarse, era la voluntad de poder, la lucha por la vida. Necesitaba ver a Blanca.

Las necesidades las creamos nosotros. Es cierto. Pero cuando jugamos, cuando apostamos, nos lanzamos del todo. No valen aquí las medias tintas, ni tirar la piedra y esconder la mano. Es como leer una novela, donde sabes que todo es ficción, pero te dejas engañar. Es parte del contrato, de lo acordado. Necesitaba ver a Blanca. Es obligarse, obsesionarse, respirar.

2 Responses to “8. Resaca”

  1. maria Says:

    sigue,un beso.

  2. Allavi Says:

    Un beso, Maria!

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Albert LladóLicenciado en Filosofía, trabajo como periodista. “Podemos estar contentos” es mi primer libro de relatos.