Capítulo 21

Reloj, no marques las horas. Voy a enloquecer. Ella se irá para siempre, cuando amanezca otra vez… Tu tic tac me recuerda mi irremediable dolor. Reloj, detén tu camino. Porque mi vida se apaga. Ella es la estrella que alumbra mi ser.

Noches de ginebra, tónica y Lucho Gatica interpretando a Cantoral, en privado, delante de este convento que es testigo de estos apuntes desesperados. Siempre, como testigo, un par de cigüeñas. Para acompañar el dolor, y la soledad, se quejan de día y noche. Son compañeras, traidoras, de un Born de retiro y recuerdos.

Las cigüeñas son animales paradójicos. Aves de una belleza indiscutible, lucen un blanco lleno de una pureza de quita y pon. Con sus cuellos largos, seducen sin demasiado esfuerzo al que mira por una ventana alejada del presente. Cuando no las conoces, al principio, te dejas enamorar. Un grito de desesperación, las asemeja al pájaro nostálgico y romántico. Pero, al observar su primer asesinato en vivo, toda mitificación desaparece de inmediato. Sin escrúpulos, atacan a sus compañeras las palomas – que, en un principio, parecerían las verdaderas carroñeras – picoteándoles la cabeza hasta desangrándolas.

Vuelan, alto. Aunque en otoño han inmigrado a África, vuelven en primavera al nido que dejaron seis meses atrás. Comienza el espectáculo de sangre, belleza y desengaño. De lejos, observan a sus presas. Y con una rapidez asombrante, clavan su cuchillo en la parte más rígida de un cerebro que no ha tenido tiempo a la reacción. Se recrean, disfrutan, no por el manjar conseguido, sino por la muerte que se podrán apuntar a su colección particular. Ese baile entre el Eros y el Thanatos del que tanto le gustaba hablar a Freud.

Todo eso, cada día, veo por la ventana. Y es que la vida es repetición. Los mismos errores, las mismas distracciones. Lo único que no se vuelve a conquistar es la inocencia. En el primer golpe, en el primer picotazo, todo cambia. Y es que la belleza, esa blancura eterna de una cigüeña, siempre tiene un trasfondo más obscuro, menos virginal.

Pero, nos guste o no, todo se resume a Belleza, Fuerza y Sabiduría. Todo. Les dejo a ustedes, lectores, que escojan su tanto por ciento. Es lo único que nos diferencia entre nosotros. Y, además, depende de épocas, etapas y hormonas. Por supuesto, pero somos un animal químico, previsible, fabricado.

La cigüeña, también. Esta noche, mientras intento describir a Blanca con lágrimas en los ojos, ellas dos gimen. Se quejan. Ya no les tiro pan. Ni quiero contemplarlas con la admiración que lo hacía, cuando alquilé este apartamento. Algo, dentro de mí, se ha apagado. Y entiendo a Darwin, y la necesidad de la sangre, y que hay que sobrevivir. Pero soy un hipócrita que necesita las bandejas de carne envueltas en papel transparente, con  porexpan blanco. Blanco. Blanco. Blanco.

Apago el ordenador. Me pongo dos cubitos más y relleno la copa de ginebra. De fondo, escucho los gritos de los vecinos. Hasta hoy, no me había dado cuenta que se odiaban.

(Si queréis leer el resto de la novela, lo podéis hacer aquí)

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Albert LladóLicenciado en Filosofía, trabajo como periodista. “Podemos estar contentos” es mi primer libro de relatos.