Las brechas y las erratas

Se dice que Louis Armstrong cogía mal la trompeta. Se dice que una novela ha de tener un trabajo previo de documentación y planificación. Esquemas, borradores, garabatos de una estructura perfecta. Y se dice que el profesional, el que llega al cabo de los años a la estación llamada “éxito”, ha de calcular cada paso de su paseo hacia la fama.

Pero quien se haya enamorado alguna vez, del jazz o de un rostro irregular, sabe que la improvisación es mucho más funcional – sí, funcional – que cualquier taxonomía. Y, quien alguna vez haya cometido el suicidio de dedicarse a la edición – de libros, revistas o fanzines – ve la errata como una primera puñada, al centro del estómago, que después se convierte en la prueba indiscutible que la libertad de la escritura aún es posible.

La errata es una brecha, un descuido que muestra algo mucho más profundo, una ósmosis hacia el discurso literario que viaja entre párrafo y párrafo. Y es que una brecha, una errata, no es la separación entre dos mundos. Es la ventana a un tercero, que siempre espera que nos asomemos.

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Albert LladóPeriodista cultural de LaVanguardia.com. Editor de Revista de Letras y Diari Maresme. Mi último libro es 'La realidad es otra'