¿Quién tiene miedo de Pere Arquillué?

Qui té por de Virginia Woolf? lleva en escena desde finales de octubre, pero sigue llenado la platea del teatro Romea, en el centro de Barcelona. Y es que el texto de Edgard Albee le ha servido a Daniel Veronese para evidenciar, una vez más, que es un gran director de actores.

El trabajo de orfebrería que realiza el argentino con Emma Vilarasau (creíble, en un papel nada fácil), Ivan Benet (gran talento que sabe ejercitar la necesaria contención) y Mireia Aixalà (brillante, dulce, al servicio de un personaje que moldea inteligentemente) es una constante investigación que lucha contra los arquetipos y los lugares comunes. Pero es Pere Arquillué quien despliega como nadie todos los matices, consigue malabarismos en el ritmo, y sabe hacer fluir la gestualidad para pasar del humor desinhibido a la tragedia delirante. Y lo hace, claro, con una aparente naturalidad que consigue la más difícil: la verosimilitud.

Arquillué interpreta a un profesor de Historia, casado desde hace años con la hija del rector de la universidad en la que trabaja, y ambos transitan desde el alcoholismo al sarcasmo más corrosivo. Llega a casa una pareja de invitados que serán testigos de una suerte de guerra psicológica entre el matrimonio, y en la que acabarán participando directamente. Si Pinter es el maestro de lo no-dicho, en la propuesta de Albee es la réplica, inteligente y rápida, la que protagoniza la obra. Es un juego de juegos, como si de una muñeca rusa se tratase, el que el espectador va viendo – padeciendo – sobre escena. Se viaja de la comedia ácida a la visualización del fracaso, de la autoridad al autoritarismo, de la historia a la histeria.

[Seguir leyendo en LaVanguardia.com]

Las fronteras de Max Aub

El tiempo, como la arena que es, va escondiendo nuestras playas más desiertas. Y, aunque Max Aub (París 1903 – Ciudad de México, 1972) tiene una fundación a su nombre que vela por su legado, sigue siendo un autor demasiado desconocido para la mayoría. Tal vez su condición de exiliado continuo ha ayudado a no acordarnos, en manuales y cánones varios, más a menudo de un artista que no temió a violentar los géneros para hacer literatura en mayúsculas.

Su versatilidad es asombrosa. De padre alemán, vivió en París hasta su adolescencia, cuando por culpa de la Primera Guerra Mundial ha de instalarse con su familia en Valencia donde no tiene problemas para convertir el castellano en su herramienta de trabajo. Los viajes a Barcelona (pasaba meses en la ciudad condal) le hacen entrar en contacto con figuras como Joan Salvat-Papasseit y, poco a poco, comienza a hacerse un lugar en la vida cultural del país. Aunque su nombre no suele salir en las sinopsis, fue amigo y miembro (si es que había miembros en un grupo tan heterogéneo) de la Generación del 27. En diciembre de 1936 es enviado como diplomático a la legación española en París, puesto desde el que gestionó el encargo y la compra del Guernica de Picasso para la Exposición Universal del año siguiente. Pero llegó 1939 y tuvo que volver a París, soportar el paso por dos campos de internamiento, hasta que en 1942 aterriza en México para quedarse para siempre. Y crear compulsivamente.

Cuadernos del Vigía, con ediciones cuidadas, hermosas, está reivindicando su figura. Primero, en 2010, editó su Juego de cartas, una obra publicada en 1964 e inaccesible hasta ahora para los lectores españoles. Se trata de una rareza que combina la idea de correspondencia con los naipes, compuesta por una baraja de 108 ejemplares ilustradas con dibujos de un tal Jusep Torres Campalans, que no es más que el propio Max Aub, que se divertía despistando a la crítica de arte mexicana con este heterónimo. Es, así, un calidoscopio, un retrato coral, que se traza desde el azar y el humor. Hipertextualidad, pues, y múltiples trayectos de lectura mucho antes de que la internet asomara.

(…)

[Seguir leyendo en LaVanguardia.com]

Ocaña, o aquella Barcelona


Cuesta imaginar, sí, que allí, entre el océano de latas de cerveza y la marabunta de turistas en busca del parque temático prometido, alguna vez empezó a verse la luz al final del túnel. En la Plaza Real, y sus inmediaciones, un grupo de artistas ponían la chispa necesaria para comenzar a alumbrar una ciudad que, por culpa de un franquismo largo y agónico, había dejado las calles y los corazones de un color gris intratable. Eran los años 70 y un joven andaluz, llamado José Pérez Ocaña, desafiaba todos los convencionalismos.

Ediciones Polígrafa ha recogido el material de sus acciones públicas, que ya se pudo ver en 2010 en una muestra comisariada por Pedro G. Romero en la Virreina, y que ahora está programada en el Centro Cultural Montehermoso de Vitoria.

Ocaña llegó a Barcelona en 1973. Es, pues, testigo y testimonio de la transición española y, aunque siempre desde el underground – tan importante para esta ciudad – se convierte en imaginario de un país que comienza a caminar. Qué duda cabe que la ópera prima del director de cine Ventura Pons, Ocaña, retrato intermitente (1978), ayudaría a construir el mito. Su muerte en 1983, a consecuencia de las quemaduras del incendio de su disfraz de sol durante una fiesta popular en su pueblo (Cantillana, provincia de Sevilla), ponía punto final a una vida excéntrica y provocadora.

Pero Ocaña es mucho más que un alborotador social. El andaluz, al que G. Romero llama “El ángel de la histeria”, supo reunir la cultura popular, aprehendida en su infancia, con las vanguardias en las que fue entrando – y modificando – a través de su incesante actividad performática. Es difícil explicar hoy algunas escenografías de Almodóvar, e incluso algunas propuestas de “teatro de calle” de compañías como La Cubana, sin su herencia, directa o indirecta. Pero tampoco podemos ignorar – como lo ha hecho la historia del arte español – al pintor naïf, al artesano del papel maché, al actor, o, incluso, al travestido cupletista.

(…)

[Seguir leyendo en LaVanguardia.com]

Pequeños suicidios

La semana pasada recomendábamos – permanece en cartelera – los Poemes visuals de Jordi Bertran en el Círcol Maldà. De una pieza inspirada en Joan Brossa a un teatro que lleva su nombre y que – después de trasladarse a la antigua fábrica de monedas de Barcelona, La Seca – sigue regando la ciudad con obras que pertenecen al parateatro; una periferia más que necesaria entre tanta oferta que se conforma con especular únicamente con lo espectacular de un espectáculo.

Más allá de las cacofonías, de las programaciones y las noticias, lo cierto es que, aunque se trata de un clásico del teatro de objetos, no deja de ser un malabarismo, bello y hábil, el rescatar los Petits suïcidis de un maestro del género: Gyula Molnár. El encargado de hacerlo, a través de “tres breves exorcismos de uso cotidiano” que sólo podrán verse durante cuatro domingos, es Carles Cañellas, quien cumple 35 años de profesión con la Rocamora Teatre.

Cañellas, que también moverá hilos en el mismo espacio con Solista, es el único actor de esta recreación del montaje original, estrenado en 1984. Así, asistimos a la gestualidad de las semillas de café, la danza de los fósforos o la efervescencia de una pastilla que se deshace en su propia marginalidad. El objeto, pues, no es una herramienta, sino que se convierte en intérprete, en el médium por el que el creador habla al público, le muestra y demuestra sus propias muecas.

(…)

[Seguir leyendo en LaVanguardia.com]

Palimpsestos contra el silencio

Máxima expectación, entre los amantes del teatro de texto, en la Sala Beckett. Acude uno de sus artífices, José Sanchis Sinisterra, a presentar (sólo una semana en cartelera) Cronopios rotos. Variaciones sobre Cortázar. Se trata de la tercera adaptación escénica que el dramaturgo realiza a partir de textos del autor argentino, después de atreverse con Carta de la Maga a bebé Rocamadour y Lejana. Diario de Alina Reyes.

Sinisterra se centra, ahora, en dos relatos de Julio Cortázar escritos en épocas diferentes – Torito; de los años 50 y Graffiti; de los 70- para indagar en el territorio de un boxeador enfermo y de una chica que lucha contra la dictadura realizando dibujos en las paredes de la ciudad. Son, pues, dos personajes que nos hablan desde la derrota, combaten el silencio y que, pese a las circunstancias, no renuncian a la lucha.

Como el argentino, Sinisterra se preocupa tanto por la historia como por la forma. Así, nos sitúa a los protagonistas estirados en una cama de hospital, explicándonos – en forma de monólogo – sus conflictos. Una enfermera repite y transcribe lo que la chica, llena de golpes y moratones, dicta en lo que será una carta a un personaje que no está pero que se le intuye.

(…)

[Seguir leyendo en LaVanguardia.com]

Albert LladóPeriodista cultural de LaVanguardia.com. Editor de Revista de Letras y Diari Maresme. Mi último libro es 'La realidad es otra'