Una obra dentro de una obra dentro de una obra

¿Se acuerdan de aquel cuento de Cortázar (Continuidad de los parques) en el que la acción se confunde entre lo que el protagonista lee y lo que le pasa realmente?

Algo parecido ocurre en Zoom, la obra de Carles Batlle que ahora dirige Xavier Albertí en la sala Beckett de Barcelona. En la primera escena, escuchamos al comandante Marc Blanch que, junto a una ex amante que acaba de reaparecer después de tres años de silencio, ha de decidir si huye con sus marineros o se entrega a las tropas franquistas, que acaban de ganar la guerra. Es la noche del 6 de marzo de 1939. En la segunda escena, los mismos actores (Jordi Collet y Alícia González Laá) – junto a un tercero que cierra el triángulo (Pepo Blanco) – interpretan la reunión de unos guionistas que, exactamente 73 años después, escriben lo que hemos visto minutos antes. Es en la tercera escena donde los dos planos, el del barco republicano y el del plató de televisión, se difuminan y se confrontan.

Lo que hace Batlle es construir un juego textual a través del que se pregunta por la memoria, la perspectiva y el relativismo. Somos lo que recordamos, pero esa construcción siempre está llena de ficción, de inventos más o menos exagerados. Mejoramos al amante que ya no vemos, limamos los defectos, o los potenciamos. Siempre a nuestro antojo. Existimos a partir del artificio de la evocación.

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Mi padre, un tal Albert Camus


Cuatro de enero de 1960. El editor Michel Gallimard conduce a gran velocidad su Facel Vega por la nacional 5 francesa, cerca de La Chapelle Champigny. En una recta sin obstáculos, una rueda se pincha. El coche choca de frente contra un árbol. Su mujer e hija sólo sufren algunas contusiones, pero tanto él como su amigo Albert Camus – éste, al instante – pierden la vida por el violento impacto. Una muerte que, como toda la obra del filósofo francés, simboliza el absurdo del hombre contemporáneo.

Se han dicho muchas cosas de aquel accidente – las teorías conspirativas siempre tienen consumidores hambrientos – pero lo cierto es que Camus llevaba consigo el manuscrito de la novela titulada El primer hombre. ¿Pero quién era este pensador que, con tan sólo 44 años, ganó el Nobel? ¿Cómo fue su infancia en la Argelia ocupada? ¿Cómo se fue forjando su compromiso ético y político?

Plataforma Editorial acaba de publicar en castellano Solitario y solidario, un álbum realizado por la hija del escritor, Catherine Camus, que contiene una gran selección de fotografías, cartas, citas, bocetos, fragmentos y todo tipo de documentos privados que ayudan a entender a la persona que había detrás del autor de obras tan célebres como El mito de Sísifo, El extranjero o La peste.

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Jorge Carrión

Terenci Moix, esperpéntico y metafísico


Terenci Moix (1942 – 2003) publicó Sadístic, esperpèntic i àdhuc metafísic con el que ganó, en 1976, el premio Joan Estelrich. Pero, al contrario que hizo con el resto de sus novelas escritas originariamente en catalán, nunca la llegó a traducir.

Juan Bonilla es el autor del prólogo de la edición castellana, que por fin ve la luz – 35 años más tarde – gracias a la editorial Berenice. Se trata de un texto en el que aparece el arquetipo “moixiano”. O lo que es lo mismo: un alter ego que nos muestra las obsesiones del autor y que facilita la revelación de las condiciones históricas, entremezcladas con una cosmovisión erótica personal e irrenunciable. Así, la soledad, la inmadurez, el desarraigo, y el “sentido burgués del dominio” son algunos de los ítems de este libro.

Moix escandaliza a sus lectores mostrándonos a un protagonista, hijo del joyero Forcadella, que representa la ambivalencia sexual y la huida de la realidad hacia una ficción construida por él mismo. La necesidad de creación castrada refleja el ambiente de la época y las nociones cristianas de dolor, que reprimen el deseo onanista de Joan Manuel (Manelet) que se mueve – como en un juego de espejos y antagonismos – en contraposición a su amigo, el italiano Canalazzo.

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¿Por qué estamos en guerra?


Hablar de guerra en nuestra sociedad cuando el mundo está lleno de tortura física, atentados sangrientos y masacres indiscriminadas puede parecer exagerado, es cierto. Pero, tal y como recoge la RAE, las guerras también son luchas morales. Combates silenciosos, si se quiere, pero que todos, en menor o mayor medida, padecemos o intuimos. Las democracias no pueden sustentarse únicamente en el voto cada cuatro años a partidos que, un día después de ganar las elecciones, violan sistemáticamente su propio programa electoral. Por el que fueron elegidos, precisamente.

El ciudadano se siente huérfano de representación. Se manifiesta, se reúne junto a miles de personas que protestan por los mismos fallos del sistema, y la única respuesta que recibe es el uso de la violencia. Se confunde eso, la fuerza legítima que hemos delegado en la autoridad con la violencia que sólo quiere reprimir la voz discordante. El político parece observar las manifestaciones como procesos naturales, insertados en las estrategias de recortes sociales, y que no deben transformar en absoluto la agenda oficial. Que griten, que se quejen, y seguimos con lo nuestro, parece que nos digan desde su silencio inquietante. Existe el riesgo que cada vez peligre más la cohesión social, pero el día a día vuelve a poner la maquinaria a funcionar… ¿Cuáles son los mecanismos de control que utiliza el poder para que nada cambie?

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Albert LladóPeriodista cultural de LaVanguardia.com. Editor de Revista de Letras y Diari Maresme. Mi último libro es 'La realidad es otra'