
Antígona es una mujer de nuestro tiempo. Una saharaui que sobrevive como puede en un campo de refugiados. Una judía que recuerda el paisaje del trayecto en tren justo antes de enfrentarse, de cara, a la muerte. Una periodista valiente a la que esperan en la puerta de su casa para acribillarla a balazos. Un cadáver olvidado en una cuneta sucia. Una mexicana que vuelve de la fábrica por el mismo camino en el que violaron a su compañera. Una chica occidental que, desde que ha salido por la mañana, la han filmado. Su imagen es pública porque su imagen no vale nada.
La versión libre de Aurelio Delgado sobre el texto de Sófocles, que se puede ver en el Espai Brossa hasta el 12 de diciembre, es una reflexión sobre la tiranía, aquella fácil de identificar porque la vemos como algo pasado, y aquella que nos acompaña en nuestras rutinas, escondiéndose en ese peligro llamado “normalidad”. Sí, aceptamos ya todo como algo dado, sin plantearnos que la Ley es la prima coja de la Ética. Antígona quiere enterrar a su hermano Polinices, pero Creonte no se lo permite. Nosotros queremos enterrar algunos secretos, íntimos, propios, pero, en nombre del “bien común” y la “seguridad”, vamos cediendo espacios de libertad. Sin quejarnos. Sin decir “no” a nuestros Creontes particulares.
Antígona 18100-7 tiene apellido de ficha policial. Todos estamos en ese tipo de registros, esa tragedia de extrañarse de uno mismo, de ver la realidad como algo ajeno, como si lo externo estuviese al otro lado del cristal. Estas reflexiones son los interrogantes que lanzan los actores, que aparecen entre el público y que combinan el texto clásico con la pregunta directa, logrando una naturalidad que, aunque se sabe fingida, logra alcanzar un contexto de para-teatro. Da ganas de intervenir, y gritar, y decir que esto y aquello también nos ha pasado a nosotros. Nos sentimos re-presentados.
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