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Carlos Edmundo de Ory va a tender las palabras como ropa recién salida de la lavadora, estirando la cuerda, forzando las relaciones, con el abismo a sus pies, en un goteo de lirismo, ironía y descubrimientos. Preguntarse por Dios o por la luna, o comenzar una carta con un “Muy ruiseñor mío”, riéndose de los convencionalismos no como una simple burla, inocente, sino como una reivindicación de todas las posibilidades del lenguaje, que nos desnuda frente a los gestos automáticos. Que nos demuestra que, aunque lo hayamos olvidado, no somos máquinas.
El poeta va a utilizar, para lanzar sus aerolitos, diferentes técnicas, seguramente inconscientes. De Ory puede darle la vuelta a la tortilla, para dar fe de que “ve molinos de viento en los gigantes”, utilizar el microscopio para detenerse en cada letra, asegurando que “una estatua rota es una extatua” o cantar a “la gula que estrangula”. Pero también camina hacia el lirismo, del que no puede prescindir, para explicarnos que “a la hora del insomnio” le “visitan soldados muertos” haciéndonos comprender, al mismo tiempo, que “las olas son saliva de la luna”. Cómo no habernos dado cuenta antes. Hacia dónde miraremos cuando no miramos nada.
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