Como los verdaderos músicos, tendríamos que hacer revistas, libros y prosas ad líbitum, con la única norma del “a placer”, excavando en el estado de ánimo para animar versos e ilustraciones. Y es que el objetivo, sea de Erik Satie o de una lomográfica, necesita de la mirada, del enfoque, de la percepción, para que el sujeto tome toda su forma.
Si la realidad existiese, de forma monolítica y rígida, la fotografía no sería más que una radiografía de unos pulmones que no respiran. Un escáner de un prado y una rotonda, sin más olor que el de la enciclopedia vital. Pero, como nos recuerda Pablo García de Paz en este número de Sísifo, “siempre hay que mirar hacia el otro lado del mar”. Por si acaso.
Llegamos a los cinco años de proyecto, precisamente, porque el proyectil siempre cambia de dirección, de víctima. Hoy, terminamos un diccionario, y abrimos un disparo hacia las estatuas “caraduras” de la ciudad. Se trata, pues, de ver que las columnas al aire libre son las únicas que sostienen nuestra(s) realidad(es).
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