Y ahí está el problema, la indignación, la evidencia de simulacro. El fútbol, y sobre todo sus periferias, la televisión de islas paradisíacas, con pedos y pedorretas, y el ir moviendo todo para no mover nada. Hont, ese señor que sólo da de comer a los hijos grandes, los que ya han cenado tres veces. Y llega el eructo, la náusea, la nada.
La noria de amarillos ya no tiene tantos clientes como antes. Se les han acabado las fichas del sueldo y el circo, del cemento y la fiesta. Ahora son las plazas, ágoras de toda la vida, donde los camellos comienzan a rugir. El tercer paso, el volver a ser niño para demostrar que somos creativos pese a todo, parece el más difícil. Pero tan sólo hay que pintar un espejo que nos enfoque a nosotros mismos.
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