Micros de pie, micros de mano, los actores vestidos con las camisetas del Celtic de Glasgow, árboles de Navidad por todos lados, un sofá y poco movimiento. Así se podría resumir la primera parte del MCBTH de Àlex Rigola que, después del “desastroso” estreno en el Temporada Alta, llega al Teatre Nacional de Catalunya con un montaje ya pulido, pero que no acaba de emocionar.
La historia de Macbeth, la traición, la crueldad, la fuerza del destino, el libre albedrío, el crimen y la locura, tendría que hacernos vibrar. Y no pasa. Las brujas que realizan el oráculo hablan desde un sonido demasiado metálico, cubiertas por máscaras de Mickey Mouse. Todos los focos, mientras, siguen abiertos, y el espectador no sabe interpretar dónde se pone el énfasis y qué es secundario. Parece como si el director hubiese renunciado a toda teatralidad y estuviéramos ante una lectura dramatizada. Los actores, sin dejar de ser profesionales hasta la médula, resultan estáticos, rígidos, sin aportar la sensación de desplazamiento. A Joan Carreras y Alícia Pérez les cuesta, y mucho, hacer creíbles sus personajes (Macbeth y Lady Macbeth). Tampoco lo tienen fácil los intérpretes, de indiscutible talento, Marc Rodríguez (Banquo), Lluís Marco (Duncan) o Míriam Iscla (Macduff). Modulan la voz en demasía, exageran, y el que peor parado sale es un Oriol Guinart (Malcom) que no entra en el papel en toda la obra.
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