Ni ópera ni teatro. Lo que ha hecho la oscarizada (Edith Piaf en La vie en rose) Marion Cotillard en L’Auditori de Barcelona (sólo dos funciones, sábado y domingo) es actualizar una pieza que consiguió unir lo lírico, el drama y la farsa. Se trata de Juana de Arco en la hoguera, obra de Arthur Honegger (1892-1955) que fue el resultado del encargo de la bailarina y actriz Ida Rubinstein.
La Orquesta Sinfónica de Barcelona y Nacional de Catalunya (OBC), dirigida con el inmenso talento de Marc Soustrot, ha reunido a más de ochenta músicos y un centenar de cantantes y actores para narrar los últimos momentos de la heroína francesa. A punto de ser quemada viva, la santa escucha como fray Domènec (magnífico Xavier Gallais) lee el libro que resume su vida. La emoción que se palpaba en la sala era absoluta por la perfecta sintonía entre el texto recitado – en realidad, la pieza es un conmovedor oratorio de algo menos de hora y media -, el coro y la gran orquesta.
Honegger es un compositor, radicalmente genial, recordado por poner música a la mítica locomotora Pacific 231 o, incluso, por ser capaz de narrar los movimientos estéticos de un deporte como el rugby. El suizo, que colaboró con poetas como Paul Valéry, se sirvió del libreto de Paul Claudel para construir una propuesta que tanto evoca lo medieval como lo griego. Juego y tragedia se dan de la mano en una épica híbrida que canta al amor y a la fe.
Especialmente intensa resulta la alegoría (¡cuántas lecturas políticas podemos extraer!) en la que Juana de Arco es juzgada. Ni el tigre, ni el zorro ni la serpiente se sienten competentes para presidir un tribunal que ha de sentenciar a quien ha luchado con su espada por el rey de Francia. Sólo el cerdo (impecable Yann Beuron) cree que es capaz de hacerlo. Los asesores, el burro y la oveja, forzarán una confesión que no responde a la verdad. La herejía ha ser castigada, exista o no exista.
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