No me podía encerrar. Iba a clase todas las mañanas. Leía por las tardes en el Ateneu y después volvía, sólo, al piso. A veces, paseaba por el jardín. Blanca se había alejado y Arnau ya no aparecía por el piso. El frío del invierno se había ido apagando de las calles para entrar en mis huesos. Frío.
No me podía encerrar. Mikel me volvió a convencer para salir. La misma ruta modernista, casi cada noche. Gintonics en el Muy Buenas, la Granja Gavà, el London, Casa Almirall, La Confiteria, un irlandés llamado Molly’s, El Paraiugua, Els Quatre Gats, y vuelta a empezar… (leer capítulo 32)
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