…aunque mi infancia la pasé allí, nada me unía a esas calles. Ni a su iglesia, ni a su Café, ni a sus plazas. Todo estaba inundado de carritos con bebés, familias sonrientes, adolescentes con motocicletas de espantosos ruidos – de gemidos de una juventud demasiado breve – y de coches de última generación, de generaciones viejas… (Capítulo 37).
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